Otro uso «responsabilizador-informador» de la moneda no depende, sin embargo, solamente de la buena voluntad y de la moralidad de las personas, sino que depende, también, del tipo de moneda, es decir, de las características del instrumento monetario.Fácilmente caemos en la tentación de considerar que el buen o mal uso de un instrumento depende, casi exclusivamente, de la buena o mala voluntad de quien lo usa. Sin negar la importancia de esta buena o mala voluntad hemos de reconocer que el propio diseño de un instrumento puede facilitar su buen o mal uso.
La información que el usuario tenga sobre los peligros y las posibilidades, la penalización o impunidad de su mal uso, el tipo de mecanismo de seguridad que lleve incorporado, el nivel de aceptación entre la población, los mitos que lo envuelven... son un conjunto de variables que facilitan y orientan un uso determinado de cualquier instrumento. Los instrumentos de caza o/y guerra -desde el puñal, la lanza y el arco hasta la escopeta- incorporan, en cada cultura y momento histórico, este conjunto de «precauciones» y «cautelas», que llegan a ser más complejas a medida que aumenta la complejidad del instrumento.
Hoy, hablando de tecnología, no sólo se debe tener en cuenta el hardware (el instrumento, el aparato...) y el software (las reglas que permiten usar el hardware), sino también lo que se llama el brainware (knoware), (el porqué, cómo, cuándo, dónde... usar el hardware y el software1).
«Jugar con fuego» es una expresión que indica la peligrosidad del uso de determinados instrumentos. Todo instrumento tiene su contexto, fuera del que o es inútil o/y es peligroso (una navaja lanzada en una playa, un coche para navegar). El uso de todo instrumento requiere un mínimo de formación y/o habilidad (no se deja un cuchillo a un niño ni un automóvil a quien no sabe conducirlo). Todo instrumento, a mayor peligrosidad, mayores medidas de precaución tiene (la funda de un puñal, el cinturón de seguridad...). Hay instrumentos de control que sirven para «medir, documentar, registrar... el uso de otros instrumentos (contadores, grabadoras...) con la finalidad de conocer los límites, los consumos o las responsabilidades (velocímetro, taquímetro...).
De estos cambios instrumentales hay algunos especialmente significativos: los instrumentos de autocontrol de cualquier sistema, siendo aparentemente insignificantes, tienen una gran importancia para conseguir un equilibrio del sistema en cuestión, sea en el aspecto de eficiencia sea en el de responsabilización de sus usuarios. En el primer caso tenemos, por ejemplo, todos los aparatos cibernéticos de autorregulación (termostatos, piloto automático...); en el segundo tenemos los sistemas de autodocumentación (taquímetro de los autocares que dejan huella documental de las imprudencias del conductor, la caja negra de los aviones que registran los posibles fallos mecánicos o humanos). Nadie se extraña de que en sistemas complejos o de alto valor estratégico se introduzcan estos instrumentos de autorregulación y de autodocumentación. En cambio, parece que nos invada cierta angustia de disponer de estos sistemas para autorregular y autodocumentar aparatos tan delicados, complejos y trascendentales como son la economía, la política, la justicia y la información.
Se reconoce el derecho a que las autoridades monetarias pongan límites a la invención bancaria de dinero, pero los instrumentos de que disponen son, en general, ineficaces e insuficientes. Se reconoce que la Justicia ha de garantizar el Estado de derecho y la igualdad de todos ante la ley, pero los instrumentos son insuficientes e ineficaces, tanto en la parte de documentación como en su independencia real frente al Estado y frente a los poderes fácticos.
Se intentará ver qué características debería tener un sistema de información que permitiera optimizar y responsabilizar la toma de decisiones a todos los niveles (territoriales, desde el barrio al Estado) y ámbitos (política, mercado, justicia...). Podríamos enumerar algunas:
Es posible que en esta búsqueda encontremos que el sistema monetario puede ser adaptado de manera consciente para que, en un marco coherente y democrático, reúna estas características.
Nos es, pues, preciso estudiar muy bien, en el caso de la moneda (hardware),
hasta qué punto sus características (software) son,
al mismo tiempo, favorecedoras de determinados usos (brainware)
antisociales o antieconómicos y hasta qué punto es posible,
social y técnicamente, modificar estas características por
otras que faciliten sus funciones positivas, con el mínimo de disfunciones
negativas, como se hace con cualquier problema instrumental o tecnológico.
1Zeleny,
Milan (1983). La sfida della complessità, Feltrinelli, página
403.